domingo, 10 de noviembre de 2013

«El bosque» (2)

El bosque parecía haber cambiado: las ramas ya no arañaban, parecía que nos dejaban pasar; los árboles ya no parecían tan viejos; el lago era más azul y el cielo se reflejaba en las piedras. Pero no había cambiado en absoluto. Habíamos cambiado nosotros. Ya no nos sentábamos en aquel viejo tronco solitario, nos tumbábamos sobre las ramas y observábamos el cielo, como si pudiésemos ver a través de el el universo. Y en el silencio del bosque, sólo se escuchaba nuestros corazones latiendo como sí fuesen solo uno, y el susurro de los árboles. 
Parecía tan lejana aquella noche en la que bajo la Luna me di cuenta de que le amaba y que por una remota razón el me amaba del mismo modo, o incluso más. Parecía como sí hubiesen pasado meses, incluso años de aquello. No sabia cuando empece a amarle, ni cuando el empezó a amarme a mi. Tal vez fue hace tiempo, o hace poco, o simplemente ya lo estaba solo que no lo sabía. Pero ahora lo sabia tan ciertamente que no me importaría gritarlo en medio de la montaña y del universo. 
Esto podría sonar lo típico entre un amor típico adolescente, pero nosotros no éramos así. No seguíamos la misma corriente que los demás, no huíamos de ella, luchábamos. Y éramos invencibles. En nuestro castillo de nombre bosque, protegidos por una muralla impenetrable de frondosos árboles éramos uno contra el mundo. Nadie podía dañarnos, ni siquiera nosotros mismos. 
-Ojalá pudiésemos salir de aquí.-susurré. 
Había pensado eso desde que más o meno desde que era una chica con memoria. Ese era mi sueño. Salir de aquel pueblo y explorar cada rincón del mundo. Cada lugar increíble visto por pocos. 
Aunque todo eso parecía tan lejano en aquel lugar arropaba por los brazos del chico del bosque. 
Jake giro la cabeza, su mirada sobre mi. Notaba su suave respiración en mi oreja, como el soplido del viento, y sus brazos me abrazaron más fuerte. 
Por un momento no dijo nada, hasta que de repente se levanto,levantando me   con él y me sujeto la cabeza con sus manos. 
-Te prometo, preciosa Liss, que te llevare lejos, muy lejos de aquí. Y andaremos el mundo entero, tu y yo. -sus ojos brillaban como las estrellas brillantes en el cielo y pensé que estaba apunto de llorar, pero ninguna lagrima acudió- No importa lo que tenga que hacer para conseguirlo, conocerás el mundo y el te conocerá a ti, preciosa Liss.
Y al observar de nuevo sus ojos,  sus ojos bosque, tan brillantes como las hojas en primavera, supe que decía la verdad. «Y tu conocerás el mundo y el mundo conocerá al chico del bosque» 

Ya eran las cinco cuando baje las escaleras. Me precipitaba hacia la puerta cuando de repente la voz de mi madre resonó proveniente del salón, llamándome. 
-Liss, ven aquí. 
Me alejé lentamente, apenas había rozado  el pomo, y olvide la idea de correr al bosque. 
Mi madre yacía sentada en el sofá, leyendo una revista de esas del corazón que tanto leía pero poco le importaba. 
-Te necesitamos en casa hoy, tenemos que ordenar unas cosas del sótano y nos tienes que ayudar. Me temo que no podrás ir con Jake hoy. -dijo simplemente. 
El bosque aparecio en mi mente, acompañado de una imagen de un Jake solo esperando en la orilla. 
-Mama, pero...
-Lissa -me interrumpió-, por favor. Te necesitamos. -la mirada suplicante de mi madre hizo olvidarme de lo que mi corazón decía. 
Y, a pesar de que sentía algo extraño, asentí. 

Mi hermana mayor estaba en la cocina, moviendo enérgicamente los dedos sobre la pantalla de su móvil. 
-Clare, ¿podrías avisar a Jake de que no voy a poder ir? 
Dejó de escribir y me miró. 
-¿No puedes decírselo tu?-soltó- ¿Ahora soy la paloma mensajera de los tortolitos? 
-Clare, por favor, el bosque esta al lado, no quiero que se quede sólo. 
Me miró una última vez y volvió la vista al móvil. Respondió al rato: 
-Vale.

El día siguiente amaneció encapotado y gris, y una tristeza me abordó. Pero iba a ver a Jake. Las escaleras me parecieron eternas hasta que por fin llegue al salón, en vez de seguir corriendo me quedé parada: mis padres estaban acurrucados en el sofá; mi madre con la cabeza enterrada en el hombro de mi padre, mi padre mirando al techo y mi hermana con el rostro tapado. En cuanto baje el último peldaño volvieron la vista hacia a mi, sus rostros se descompusieron. Adiviné la primera palabra antes de que mi madre la dijera.
-Cariño, no sabes lo mucho que lo sentimos. 
Después de esa pausa, mi mundo cayó. Los gritos de mis padres parecían voces distorsionadas a mis espaldas pero mi único pensamiento era correr. Y así hice. Corrí por el bosque, cayendo por las ramas y levantado me para volver a caer. Las lágrimas me borraban la vista y me recordaban el porqué de ellas pero no lo creía. No podía creerlo. 
Llegué al lago. Un grito salió de mi garganta, me rompí por dentro. No había nadie. «El bosque apareció en mi mente, acompañado de una imagen de un Jake esperando solo en la orilla.»
No había ningún Jake. 
«Fue al bosque a por ti, Lissa.» «No saben lo que le pasó» «No llegó a casa» «Se estaba bañando en el lago» «Su cuerpo muerto flotando en el agua» 
Mi cuerpo se convirtió en cristal, y se resquebrajó con cada recuerdo; hasta que ya no quedo nada de mi. No me moví, ni un solo centímetro, tampoco podría decir si llegue a respirar, simplemente notaba cada milímetro de mi cuerpo muerto. Mis manos estaban agarrotadas en mi regazo. Un pensamiento me llenó. Jake aparecería por detrás y me abrazaría y toda la pesadilla acabaría. Ni siquiera el viento rozó mis manos. 
Mi cuerpo se movió automáticamente: me levanté sin notar nada y me acerque al lago, sumegiendome más y más en el. Miré una última vez el cielo, estaba gris. Una gran nube oscura peligraba sobre mi cabeza. Como sí fuese a llorar en cualquier momento. No aguanté más. 
-No lo hagas. 
Una navaja, punzante y fría, me atravesó la espalda. Su voz. Por un momento pensé que estaba muerta pero no pude aguantar lo y me di la vuelta. Y allí estaba: en la orilla, con los vaqueros remangados hasta las rodillas, su pelo sin despeina y sus ojos mirando asustados hacia mi. Sabía que no se había ido. 
Sus brazos me rodearon, calientes y enterré mi cara en su cuello. El me acarició la espalda. 
-No pienses en hacer eso, nunca. ¿Me oyes? 
Sus palabras me acariciaron el pelo y no pude reprimir las lágrimas. Todo parecía tan irreal, pero estaba allí, realmente estaba allí, no se había ido. «Su cuerpo muerto flotando sobre el agua» 


No quería volver a casa, pero lo hice. No había nadie, así que me escondí bajo las mantas el cielo volvia a estar gris, pero yo era feliz. Los dias anteriores habian pasado tan deprisa, que podria decir que habia pasado un mes, tal vez más, desde aquello. Apreté  los ojos deseando que el dia pasara a cámara rápida para que sea otro día y vuelva a ver al chico del bosque. Pero la puerta de abrió, mis ojos se abrieron. 
La figura de mi padre de dibujó en la pared. 
-Lissa, cariño. Tenemos que hablar.-se acercó poco a poco hasta sentarse en mi cama, me tapé la cara con las mantas- ¿Cuando fue la última vez que comiste? 
La comida era tan secundaria que la había olvidado por completo.  
-Cariño estamos preocupados. No comes, apenas pasas un segundo en casa,estás siempre en el bosque... 
Mi bosque.
-Sabemos que la pérdida es dura pero tienes que... 
-¿Qué perdida?-mi voz sonaba lejana, estaba llorando. 
Mi padre me miro, llorando también. 
-Jake...
No. Volví a gritar y a correr. Volví a escuchar los gritos lejanos de mis padres pero nuevamente solo podía pensar en correr. Volví al lago. Estaba oscuro, las estrellas se reflejaban en el como diamantes. No estaba.Él no estaba. Empecé a dar vueltas por el bosque, rodeando árboles, susurrando su nombre. Sólo el viento contestó. Las ramas me empujaban hacia el suelo y las seguí.  Si nombre me rodeaba, las hojas me rodeaban, haciéndome recordar. «Conocerás al mundo y el te conocerá a ti» 
El bosque era el final del pueblo. Llegar a su final, significaría la salida. Corrí. Salte cada piedra, cada rama, atravesé charcos y acabé llena de barro y hojas, no importó. Llegué a la ladera. Al final de ella se veía la carretera. Una imagen repentina me sobrepasó, la imagen de un Jake y una Lissa más mayores bromeando juntos en un coche, Jake cantando canciones desentonadas y Lissa riendo sacando la cabeza por la ventana, conduciendo hacia el mundo. 
-Un día de estos serás así de feliz, con otra persona. 
Allí volvía a estar. Detrás de mi, con la mirada más triste que una persona haya podido ver jamás, mirándome. 
-No quiero a otra persona. 
La luna iluminó su rostro, sus ojos relucieron, las lágrimas rodaban por su cuello, su pelo parecía más dorado. 
-Lo sabias desde el principio-dijo. 
Lo había perdido. 
-No puedo creer que te hayas ido.
-No me he ido-respondió seguro-. Nunca me iré. Seguiré aquí, contigo, aunque no me veas. Y siempre estaré ahí. Aunque no me veas me llevas contigo. Lo que me pasó fue un accidente que pasa muchas veces a muchas personas, haría cualquier cosa para retroceder en el tiempo y parar eso, porque eso impide que este contigo. Pero no puedo. Y no puedes. Pero podemos seguir juntos. 
-Pero no de esta manera.
-Liss, ya no pertenecemos a mundos iguales. Tu perteneces a este mundo, yo no, ya no. Pero eso no me importa. Tu eres mi mundo, Liss. Aunque ya no respire lo sigues siendo y lo serás. Viste en mi algo que nadie veía e hiciste que cada segundo contigo fuese el mejor de mi vida. Por eso esa noche, cuando vi tu rostro, sonriendo, supe que nunca amaría a nadie como te amé a ti. Me hiciste feliz, irrevocablemente feliz, durante mi corta vida. Pero ahora, te toca a ti ser feliz. Vas a vivir, y lo vas a hacer a lo grande. Saldrás de aquí y viajarás, y yo te veré hacerlo.  Vas a tener la vida más increíble de todas: vas a amar, una y otra vez, e equivocarte tantas veces hasta que encuentres a una persona sin error y entonces, Liss, todo será perfecto, créeme; reirás hasta que las lágrimas llamen y lloraras hasta que la risa venga. Recorrerás los lugares más increíbles y verás amaneceres y atardeceres en cielos de todo el mundo. Y cuando ya mueras, de anciana, después de vivir todo eso, nos volveremos a ver. Y entonces, allí, viviremos la vida que no pudimos tener juntos. 

Así hice. No volví a verlo. Lo acepte. Acepte que el chico del bosque había muerto, y que una parte de mi había muerto con el. Pero volví a casa. Mi hermana me esperaba y me abrazo. Dijo que fue su culpa y la perdoné, aunque no estaba enfadada. Y me fui, me fui de allí, y cuando iba en el tren sentí algo raro, me sentí observada, y miré a mi lado: un chico de ojos azules me miraba. Y a su lado, en el asiento vacío, no pude evitar pararme a mirar. Porque sabía que estaba allí, sonriendo. 
Una vez dije que parecía un ángel, pues lo era. 
Fue el chico del bosque, y acabo siendo el chico del cielo. 




Y aquí acaba esta historia que vino de un sueño que tuve. Espero que te haya gustado y que me perdones por hacer lo que hice, pero en mi sueño era así. El chico del bosque siempre vivirá. 


 

«El bosque» (1)

Como cada tarde, a las cinco, salía de mi casa y me adentraba en el bosque. Para muchos podría ser un lugar insólito y silencioso, lleno de ramas impertinentes y plantas que te arañan al pasar. Pero para mi era más que eso; y para Jake. 
No recuerdo el día en que nos conocimos, tal vez fuese un simple día de lluvia o incluso el día en que nacimos, la cosa es que somos amigos desde que lo recordamos. No necesitamos ninguna fecha para saberlo. 
Tras seguir el camino que bien sabía de memoria llegue al lago. La mayoría dicen que la ciudad es mejor que el bosque; completamente están locos. Aquel lago parecía no tener fin, una inmensidad azul, un espejo en el que se reflejaba el cielo, rodeado de árboles que lo protegían de los peligros del exterior. Eso decía Jake. 
Me senté en el tronco que yacía tirado a la orilla y espere hasta que el tronco crujió y unas largas piernas aparecieron a mi lado. 
-Hey, Liss. 
-Hey, Jake. 
La mayoría del pueblo decía que Jake era guapo. Pero era más que eso. Lo más curioso era su pelo: parecía que nunca se peinaba y que simplemente se levantaba de la cama y se iba sin coger el peine, y esto hacia que hubiera un revoltijo de mechones dorados. Pero si pasabas la mano por su pelo, no tenía enredos. 'Los ojos son el espejo del alma'. Pues bien, su alma es un bosque. Si miras sus ojos, pensarás que son verdes, pero no lo son. Son color bosque. El color de las hojas en verano y su caída en otoño, de los fuertes y magullados troncos de los árboles, de los senderos recorridos. Color bosque. Parecía ser bastante delgado y al ser alto era un cuerpo de ramas. Pero otra vez, se equivocan. Yo misma lo he visto muchas veces, su interior debajo de aquellas camisetas oscuras, en aquellos días de verano. Y era precioso. No era un cuerpo de ramas, era un cuerpo de piel y músculos, no era tan delgado como todos decían, y tampoco débil. Era capaz de levantarme y dar vueltas conmigo a cuestas sin resoplar. Simplemente, era Jake, mi mejor amigo.
-Y vuelve la Liss reflexiva.-sonrió. 
-No estaba reflexionando, Jake.-respondí. 
Jake se giró apoyando la pierna en el tronco de modo que estaba de cara hacia a mi. 
-Mentirosa -en sus ojos había un brillo extraño, sonrió de lado-. Se cuando reflexionas, Liss. Te he visto muchas veces haciéndolo.-se levanto de un salto y se puso delante de mi, mirándome desde arriba.- Te gusta pensar, y reflexionar sobre porque el lago es azul, y todas esas cosas, Liss. 
No pude parar de reír. Siempre se ponía así cuando intentaba negar algo sobre mi misma. Una vez estuvo como dos horas de eso modo porque dije que no era hermosa. 
Así que me lo quede mirando de nuevo, sin decir nada. Memorizando cada centímetro de el. Y la risa vino. Me abalance contra el y lo tumbé a pocos centímetros del agua. Los dos gritamos y caímos como las hojas, acabamos hechos un enredo en el suelo. Y la tarde paso, como cada día. Otro día perdido. Otro día con Jake. 
Cuando la noche cayo, corrimos por el bosque ahuyentando a las ramas y cayendo con ellas. Estábamos perdidos. No nos importaba el que los estuviésemos desviando del camino, ya estábamos fuera de el. Y seguimos corriendo. Hasta que nos doblamos por la mitad para recuperar oxígeno, nos miramos y reímos. Reímos sin parar, a pesar de la noche.
 Y entonces el se me quedo mirando, mirando como nunca lo había hecho. Se levanto y avanzo lentamente hacia mí. Tenerlo tan cerca me abrumo, la Luna le iluminaba el rostro y me recordó a un ángel, un ángel caído. 
Mientras yo pensaba, el se agacho de repente y me beso. Sus manos descansaban en mis mejillas, mis ojos se cerraron como si llevasen tiempo queriendo ser cerrados. El tiempo paso, y el se apartó. No lo bastante cerca para que sus labios rocen los míos, pero si para que sus ojos estuviesen a centímetros de los míos. Por primera vez, en aquellos ojos bosque había miedo. Y supe porque era. No lo dude.
 Hice lo mismo que el había hecho, cogí su cara entre mis manos y me acerque. Esta vez no hubo miedo, no hubo sorpresa, sólo éramos Jake y Liss, el chico bosque y la chica de los libros. Y el bosque, que nos observaba. 



Esta historia, va a ser una pequeña historia, en dos entradas. Una historia corta que por la noche se me ocurrió y quería escribir. Dentro de poco escribiré el final, hasta entonces tendrás al chico del bosque. 

domingo, 1 de septiembre de 2013

ELLA.

La vida tenía sentido todas las mañanas al despertar abrazada por él. Cuando duerme es como si volviese a ser un niño pequeño soñando con coches de juguete. Su rostro era tan hermoso que a veces he llegado a preguntarme si estaré en un sueño del que despertaré de un momento para otro. Pero yo despertaba, y él seguía ahí. Nunca le he contado todos mis demonios, todo aquello que me persigue, por miedo a que me juzgue. Siempre me han juzgado de una forma que nunca he entendido. Sin realmente saber mi historia, han creado la suya propia, cambiando la mía. Por eso a veces me siento tan sola. Como si todos los insultos y todas las mentiras me rodearan y me apartaran del mundo. Aun así he aprendido de una forma sorprendente a sonreír ignorando todo lo que tengo detrás.
Pero aún así me siento tan sola.
No me gusta salir por la noche. Es como si la noche me devorara y me hiciera añicos, me siento desprotegida e insegura. Pero parece ser que él no se siente así. Todas las noches sale. Lo peor de todo no es cuando se va, sino cuando vuelve. El olor a alcohol se huele desde que entra en el jardín, y llega con ropa de menos.  La mayoría de las veces me grita que está harto de vivir así y de que tengo un problema, además de que acabaría sola si no salía de allí. En esos momentos sólo quiero disolverme con el aire.
He dejado de comer por la misma razón por lo que dejé de comer tiempo atrás: tengo una fuerte presión en el pecho que no me deja respirar. Cada vez le veo menos sentido el hecho de tener que alimentar a un cuerpo que está tan vacío, y es que de hecho me siento vacía. Muy vacía.
Hice lo que no debía haber hecho, comprar las cuchillas. Ya estaba familiarizada con ellas, pero aun así, cuando cogí la primera y acaricié su lado cortante me eché a llorar. Pero ni siquiera mis lágrimas pudieron limpiar la sangre de mis muñecas. El dolor me recordaba todo aquello que fui y que siempre seré, y eso me mataba al mismo tiempo. Temo que él vea mis cicatrices por eso me visto con ropa larga, a pesar de que acaba sudorosa por el calor; pero él nota mi cambio. Me intentó subir las mangas de la camiseta y a pesar de que yo estaba llorando lo consiguió. Y lo que yo siempre más he temido, sucedió: se marchó. Se fue corriendo hacia la puerta y cerró de un portazo, dejándome sola con mis cicatrices y mis sollozos. Te vas cuenta de lo sola que estás cuando lo pierdes todo. Ya no me quedaba nada. Solo unas cajas llenas de cuchillas que me llamaban a gritos. Cuando cogí la caja me vino una imagen a la mente, la de él cuando me sonreía inconscientemente, como si fuese un acto reflejo, como si de verdad me amase. No pude evitar imaginarme donde estaría ahora, probablemente acariciando el brazo de una mujer bastante más hermosa que yo mientras se toma una cerveza. No puedo seguir más.
Y tumbada en el suelo, rodeada de mi propia sangre y mis propias lágrimas, supe que mis demonios se habían ido y que yo ya estaba salvada. Me había salvado.

sábado, 31 de agosto de 2013

ÉL.

El momento más increíble del mundo, era cuando sus finos labios color rosa se curvaban formando la sonrisa más perfecta que haya podido existir. Todo lo demás se congelaba en una diapositiva y el mundo se consumía a ella. ¿Cómo algo tan insignificante como eso que sólo duraba unos instantes podía cambiarme para siempre?
A ella nunca le ha gustado la noche, nunca le ha gustado el hecho de estar en la oscuridad lejos de las seguras paredes de su habitación. Por eso siempre tenía que salir sólo. Alejarme de su luz para abrazar la oscuridad unos minutos.¿No es eso lo que a veces queremos hacer? ¿Lo que necesitamos?
Por un tiempo salía cada noche, dejándola sola, sin escuchar sus gritos. Me volví ciego. No veía como se le notaban los huesos en su rostro, como sus ojos estaban en un continuo rojo, como su cuerpo cambiaba y se llenaba de marcas. Por un tiempo pensé que todo era perfecto, podía hacer todo lo que quería y volver a casa a besarla antes de dormir. Pero sus besos ya no eran los mismos, sus labios no eran los mismos. Aquel color rosado que parecía pintado por las rosas parecía estar despintado. Un alma despintada por el dolor.
Cada vez salía más, ignorando el hecho de que había una caja de cuchillas sobre el lavadero, ignorando el hecho de los sollozos nocturnos que retumbaban en la casa. Hasta que por fin me paré a mirarla. Ella reparó en mi y me sonrió. Aunque su sonrisa no llegó a los ojos. No era aquella sonrisa tan perfecta que me llevaba volando por un cielo sin nubes. Su sonrisa estaba muerta. A pesar de que estábamos en verano, ella llevaba camisetas largas que le cubrían hasta la punta de los dedos. Intenté convencerla de que se pusiese algo más corto pero sólo conseguí que comenzara a llorar. No quería enseñarme los brazos. A pesar de sus continuos sollozos las mangas subieron y dejaron al descubierto su pálida piel y descubrí su obra de arte: miles de lineas de color rojizo repartidas por todo el brazo, cubriendo cada centímetro de piel.
¿Qué puedes hacer cuando algo tan amado se esta rompiendo en pedazos delante de ti, y tu no reparas en él? ¿Seguir respirando? Hice lo que hacía siempre, huir de ella. Mi mente estaba bloqueada por una continua voz que me decía que era un completo gilipollas y que merecía estar muerto, pero aun así no me iba. Realmente merecía estar muerto. Cuando volví a casa, tambaleándome con una visión doble, un silencio sepulcral rodeaba la casa. Las habitaciones parecían tan vacías, carentes de vida, que me pregunté si me había equivocado de lugar. Pero no lo había hecho. La voz me repetía una y otra vez que merecía estar muerto y por primera vez me dí cuenta de porqué. Al llegar a la habitación, nuestra habitación, la luz del cuarto baño estaba encendida, iluminando la ventana. Como en ese momento mi cuerpo estaba lleno de alcohol tardé demasiado tiempo en reaccionar. El suelo, antes blanco, era de un color rojo que resaltaba entre las baldosas blancas, el lavabo estaba lleno de gotas rojas y cajas abiertas, en una baldosa había la marca de una mano llena de una sustancia roja y otra en el suelo. Y al lado de aquella marca, estaba aquella chica de la sonrisa perfecta, consumida por la muerte y la sangre. Llevaba aquella camiseta mía que frecuentaba como su pijama, su pelo caía sobre el suelo como una catarata negra y su hermoso rostro estaba tan pálido como la nieve. Por un momento la recordé realmente como era, la belleza de su rostro, la perfección de su sonrisa, sus besos fríos al despertarme, sus abrazos sobresaltados mientras me afeitaba... Todo cuanto ella había hecho, cuanto me había hecho. Y reparé en todo lo que le había hecho yo.
                                          Mereces morir. Mereces morir. Mereces morir. 
Toda mi vida queda resumida a aquel momento en el que me sonrió, lo hizo sin complicaciones, tan fácil como respirar. Aquel momento que duro unos instantes. Aquel momento en el que me mostró que ella realmente me amaba. Aquel momento en el que ella me sonrió, sin importar que yo iba a matarla.


Calles vacías llenas de soledad.

¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Un día, un mes, un año quizás? No lo sabía. ¿Qué había pasado con sus promesas? ¿Se evaporaron, se convirtieron en un vacío infinito? Tampoco lo sabía. Lo único que sabía es que estaba sola. Sola en una ciudad llena de desconocidos. ¿Qué es eso de pasear cuando tienes pocas cosas importantes que contemplar? Nada tiene sentido cuando pierdes a lo único que has amado. Nada tiene sentido cuando has perdido todo lo que eras.
Echo de menos ese ‘nosotros’, esas tardes sin hacer nada, cuando nos tumbábamos bajo la lluvia y cerrábamos los ojos pensando que éramos estrellas, esas carreras por las calles en las que gritábamos y reíamos sin importar que todos nos mirasen como si no estuviésemos cuerdos. ¿Acaso lo estábamos? ¿Acaso lo estabas cuando escribiste aquella carta acompañada de una taza humeante de café explicando que habías encontrado sentido de la vida en otra persona? Cuando llegué el café estaba frío al igual que las palabras salpicadas de tinta sobre aquella hoja usada de propaganda. ¿Realmente me merecía eso? ¿Una carta escrita en una hoja con una explicación incoherente y un café frío?

Caminar por calles vacías no parece real, más bien un espejismo o un sueño sin despertar. ¿Pero acaso no es la vida un sueño sin despertar?  A veces sólo quiero despertar de este sueño que ahora es pesadilla. Despertar de este continuo paseo por calles vacías llenas de soledad. Llenas de mi soledad. 


jueves, 18 de julio de 2013

El tercer día de la vida.


El dolor se amplifica durante la noche. Recordatorio de que la noche no es final, sino el principio. La oscuridad parece llevarse todos los malos recuerdos, pero sólo trae consigo pesadillas. James lo sabía. Durante años había temido a la noche, a la caída del sol sobre la tierra, a la muerte de la luz. Y la terrible verdad de todo es que seguía temiéndolo. Aunque no era como antes. En los que su única y dura compañía era la fría almohada con la funda de cohetes viejos. Ahora estaba Grace. Pegaba fuertemente a su cuerpo, como si él fuese lo que le daba la vida. Su cara apoyada sobre su pecho, sus brazos sobre sus costados, su pelo formando un río negro sobre la blanca sábana. Tan dulcemente durmiendo, con su lenta respiración. A veces deseaba ser Grace. No ser una chica, si no poder estar en paz como ella estaba. Poder ser libre.

 
Todo el mundo tiene demonios. Y a James le sobran. En un libro leyó una y otra vez lucha contra tus demonios. Pero por mucho que leyó la frase no encontró la solución a como hacerlo. Intentó cerrar fuertemente los ojos y respirar lentamente. Pensó en la primera vez que besó a Grace. No sabía cómo fue capaz, simplemente Grace estaba a centímetros de él y automáticamente su cuello se movió. Por un momento pensó que ella se alejaría, pero no lo hizo. Le agarró del cuello y él volvió a la vida. Aunque no durara mucho. Empezó a latirle el corazón muy rápido e intentó pensar en otro recuerdo bonito rápidamente. No llegó a tiempo. Poco a poco las imágenes se fueron reproduciendo en su cabeza y quiso gritar. Gritar tan fuerte que despertaría hasta a los muertos que yacen bajo tierra. Su garganta no respondía. Abrazó más fuerte a Grace y ocultó la cabeza en su pelo. Ella inconscientemente le pasó las mano por la espalda y le abrazó. James no pudo evitar sonreír mientras las imágenes se volvían opacas. Grace no podía evitar hacer cosas sin darse cuenta de que lo hacía: rascarse la mejilla, tocarse el cuello, cantar mientras camina, cogerle la mano, quedarse mirando por la ventana... Las mejores cosas las hacemos inconscientemente. Grace también.

Se quedó mirando por la ventana. El cielo estaba oscuro, repleto de brillantes puntos plateados desordenados. Contemplando a las estrellas se preguntó si sufrirán dolor. El hecho de estar ahí, en un mar oscuro, tan lejos de todo. Cada estrella estaba lejos de la otra. No lo bastante lejos para que duela, pero si para echar de menos. James cerró los ojos y se imaginó que era una estrella. Imponente y brillante sobre ese océano infinito. Pero al minuto le entró soledad. Estar ahí, tan alto, lejos del suelo, pero tan rodeado de vacío. El hecho de brillar no significa ser un dios. Ni tampoco rozar la felicidad. Se imaginó que Grace era una estrella también. Con su luz clara iluminando a la oscuridad. De pronto quiso abrazarla, fundirse con ella en un abrazo feroz que los convertiría en una sola estrella. La oscuridad y la luz en uno solo. 

 
Tiempo atrás
Grace estaba dando vueltas entre los árboles mientras James descansaba sentado en el suelo con la cabeza apoyada en un árbol, mirándola. Grace no se estaba dando cuenta de que estaba cantando, una melodía que él bien conocido. Su canción. La canción que días atrás le había tocado y la había nombrado como suya. No tengo mucho que darte, pero mi música es tuya. Le había dicho James. Y allí estaba ella. Cantando esa misma canción. A pesar de que sólo la tocó una vez.
Grace se acercó a James dando pequeños saltitos y se arrodilló sobre el espacio entre sus dos rodillas.
-¿Sabes que así pareces un príncipe perdido rogando a las estrellas salvación?-dijo Grace, sonriendo sin dejar de mirarle.
James sonrió y cogió sus manos, acercándola a él y acomodándola sobre sus piernas. Grace apoyó la cabeza sobre su hombro y le propinó un beso el cuello, enterrándose en él. James la apretó más hacia así y suspiro.
-No soy ningún príncipe, Grace. Los príncipes de los cuentos no tienen el corazón tan lleno de oscuridad. Pero tal vez tengas razón. Tal vez esté perdido y sea la oscuridad, pero tu eres la luz, esa estrella por la que ruego salvación. Eres mi salvación."
Después de decir eso, Grace se quedó largo rato mirándole mientras invisibles lágrimas caían por sus ojos y le besó, hasta que la tristeza desapareció de sus ojos verdes. Pero la tristeza seguía ahí.  Lo bueno de todo esto es que nadie puede romper un corazón que ya está roto, él había dicho. Tal vez sea verdad, tal vez los pedazos no lleguen a romperse, tal vez las estrellas sientan dolor. Billones de personas mirando hacia ti sin saber que sufres, debe de ser triste. Todos somos almas tristes, al fin y al cabo. 

 
Poco a poco, mientras no dejaba de mirar hacia la ventana, y pensar en las estrellas, el sueño le atrapó, en un abrazo salvador.



El segundo día de la vida.


Hacía frío. Las ventanas estaban cubiertas levemente de escarcha por los lados y formaban extrañas figuras. Grace estaba sentada enfrente del gran ventanal que había en su habitación. Cuando lo habían visto se dieron cuenta de que esa era su casa, de nadie más. A través de la hermosa ventana se podía ver como los árboles, ancianos y verdosos, se alzaban gloriosos, como si intentaran tocar el cielo. Grace una vez soñó con aquellos árboles. Soñó que por fin pudieron tocar el cielo, llegaban al eterno infinito y se convertían en una parte de él. Muchas veces ella misma había soñado que ella también lo hacía, tocaba el cielo, se convertía en infinito.

Apoyó la mano sobre la escarcha y dejó fluir a la frialdad sobre sus dedos. Siguió el contorno de las figuras con los dedos, como si fuese un lienzo y sus dedos un pincel. Imaginó que cada figura tenía una historia, un principio y un final. Una vida perdida, un camino perdido que los llevo a su ventana.
-¿Qué haces?
Se giró hacia la voz y se encontró a James mirándola desde el centro de la habitación enrollado en una manta. La manta le tapaba los brazos y se arrastraba por los pies. Se notaba que hoy no se había acercado al cepillo; tenía el pelo desordenado, con muchos mechones dorados oscuros en diferentes direcciones; parecía que se acababa de levantar después de estar largo rato durmiendo. Sus ojos estaban entrecerrados, pero se veía perfectamente el verde de sus ojos a través de sus negras pestañas. A través de la camiseta gris oscura que llevada se podía notar la musculatura desarrollada que tenía, a pesar de que era algo ancha. Grace era alta, pero aún así James le sacaba una cabeza.
James se sentó lentamente en el suelo, cruzando sus largas piernas y la rodeó con la manta, ella respondió poniendo la cabeza en su cuello.
-Sólo pensaba.-susurró.
-Siempre estás pensando.-repuso él entre risas- No quiero decir que sea malo. Yo también soy un pensador nato. Estoy todo el día pensando el porqué de esto y el porqué de aquello. Soy una causa perdida.-ella no pudo evitar reír.
Este era James. Un pensador de la vida. Siempre estaba reflexionando sobre porqué el cielo se vuelve gris y no negro, o porqué la lluvia es transparente y no azul. Muchas veces se quedaba parado mirando al suelo o a la ventana cómo si pudiese ver algo más allá del bosque y el cielo. Grace siempre intentaba ver en sus ojos un atisbo de sus pensamientos, pero eran neutros.
-Estaba pensando cuál es la historia de la escarcha.-susurró Grace contra el pecho de James.
James se quedó mirándola unos segundos y le acarició el pelo.
-¿Has llegado a alguna conclusión?
Grace sonrió y enterró el rostro en la manta.
-Me temo que no.
Después de un tiempo en silencio pensando, respondió mirando a la ventana:
-Tal vez la historia de la escarcha sea ésta: la escarcha se enamoró. Como se conoce de ese sentimiento te hace volar y sentir que el mundo es más bonito y que el cielo es dorado. Los días pasaban y ella seguía así, pensando que su amado estaba del mismo modo que ella. Pero llegó la verdad y entonces supo que su amor no era correspondido. Y huyó. Por eso está en nuestra ventana. Va de ventana en ventana cuando hace frío para buscar el amor que no ha sido correspondido.
-Tal vez lo haya encontrado ya....-susurró Grace.
El chico la miró y sonrió al ver que miraba a la escarcha.
-Mi pasatiempo favorito es darle amor a las escarchas.
Grace rompió a reír y James la acompañó. El mejor sonido era la risa de Grace. Ni siquiera un acorde perfecto de su guitarra podría compararse con el sonido tan hermoso de su risa. Apoyó la cabeza sobre la de Grace, y aspiró fuertemente el aroma de su pelo, deseando que se quedase impregnado en sus pulmones para siempre. Porque para él, esos simples e insignificantes momentos, eran los más preciados, con los que había soñado en el pasado.
Nadie sabía, ni siquiera Grace, que ese sonido, la risa de ella, le devolvía a la vida que hace tiempo alguien le arrebató.